Historia de la Iglesia Cristiana Maranata

iglesiaLos años 60 en Brasil, como en otras partes del mundo, fueron una época de un avivamiento espiritual profundo. La experiencia del bautismo con el Espíritu Santo y la manifestación de los dones espirituales ultrapasó los limites establecidos por las Iglesias pentecostales más antiguas. En la vida de muchos creyentes e Iglesias evangélicas se cumplió la profecía de Joel, que la Iglesia apostólica experimentó en el Pentecostés: “Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne…” (Hechos 2:17-18).

Fue en ese contexto que un pequeño grupo de hermanos experimento la maravillosa bendición del derramamiento del Espíritu Santo. Uno de los resultados más notables de ese avivamiento fue que el Señor comenzó a revelarse a través de los dones espirituales. De pronto aquel pequeño grupo comenzó a entender que estaba delante de un serio problema: ¿se acomodarían a la nueva bendición con su estructura eclesiástica tradicional (vino nuevo en odres viejos), o darían oídos a la voz del Espíritu Santo permitiendo que el Señor los dirigiese creando una nueva estructura espiritual en medio de ellos (vino nuevo en odres nuevos)? Fue en ese momento que aquellos pocos hermanos tomaron la decisión que sellaría su futuro: la de pasar a obedecer al Señor, dando a Cristo el lugar de Cabeza del Cuerpo (Efesios 5:23). Y así comenzaron un recorrido por un nuevo camino, que no conocían porque hasta entonces nunca lo habían recorrido (Josué 3:4), y que continúa hasta hoy.

¿Que significó en la práctica esa decisión? En primer lugar, confiar plenamente y obedecer sin reservas a la Palabra de Dios, como única y exclusiva fuente de autoridad para la fe y la práctica. La historia de la Iglesia muestra que muchos comenzaron bien, pero perdieron el rumbo porque se apartaron de la Palabra de Dios. En segundo lugar, tal y como enseña la Palabra, usar los dones espirituales no sólo como señal para la evangelización o para la edificación ocasional de los hermanos, sino como recurso esencial para la realización de la Obra de Dios. Aquel pequeño grupo aprendió que a través de los dones espirituales el Señor desea dirigir y gobernar a su pueblo. Si Dios dirigía su Obra en medio de la Iglesia primitiva, no hay motivos para dudar que hoy Él haga lo mismo.

Sin embargo, para que hubiese seguridad en el funcionamiento de los dones, fue necesario entender y vivir con mas profundidad la doctrina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Por medio de ayunos, mucha oración y luchas, los hermanos aprendieron a discernir la voz del Señor, a juzgar cuidadosamente los dones y a emplearlos con sabiduría para la edificación de la Iglesia. Dones mal discernidos o empleados sin sabiduría pueden destruir la Obra de Dios; mas con discernimiento y sabiduría resultan ser una gran bendición (Proverbios 14:1).

Al Señor le agradó esa actitud, pues tuvo libertad para revelar Su voluntad concerniente a todos los aspectos de la vida del Cuerpo. Una nueva estructura (odre nuevo) comenzó a tomar forma, no originada en la mente de algunos hombres especialmente inteligentes o experimentados, sino por revelación del Espíritu Santo en el Cuerpo.

Prontamente el Señor dejó claro que Él supliría todas las necesidades materiales de la Iglesia. Al pueblo de las Iglesias se les enseña bíblicamente con respecto a la fidelidad al Señor en las ofrendas, pero no se pide dinero ni se hacen ofrendas durante las reuniones de culto. La Iglesia no depende de ninguna institución externa para su mantenimiento. Los recursos son administrados de forma centralizada, lo que permite establecer y sostener la Obra donde y como determina el Señor.

La unidad suscitada por el Espíritu Santo entre los pastores y entre las Iglesias (hasta el momento más de 5.000) fue uno de los resultados más notables de la decisión de consultar al Señor en todo lo que concierne a Su Obra y de obedecerle. La única unidad posible como sabemos, es la unidad en el Espíritu. Todos tienen derecho a dar su opinión, pero cuando el Señor revela Su voluntad concerniente a un determinado asunto, sólo hay lugar para una de estas dos actitudes: obediencia o desobediencia. Así se explica el por qué, a lo largo de casi 40 años de existencia, nunca hayan habido divisiones en la Iglesia, ni se hayan creado facciones en su seno.

Para esta unidad del Cuerpo contribuyó decisivamente el vivir los cinco ministerios (Efesios 4:11). En el cuerpo de pastores (Presbiterio) se manifiestan esos ministerios, aunque ninguno sea tratado con otro título a no ser el de pastor. Debido a la diferente función que cada ministerio tiene en el Cuerpo, es frecuente que un pastor se translade de una Iglesia a otra, haciendo con que las Iglesias se beneficien de la diversidad de ministerios. Por ejemplo, si una Iglesia necesita crecer en número, se envía un siervo con ministerio de evangelista; si necesita de doctrina, un doctrinador. Pero el doctrinador, no es alguien que habla de sí mismo, de sus conclusiones personales en el estudio de la Palabra. La doctrina es apostólica y emerge del Cuerpo, habiendo unanimidad sobre de aquello que se entiende como venido del Señor. La Iglesia tiene seminarios destinados a instruir doctrinalmente a toda la Iglesia, especialmente a los obreros, donde esa doctrina es enseñada de forma sistemática.

En las Iglesias locales existe, con abundancia, el don de profecía y la Palabra de ciencia. Pero es en el medio de los pastores que, de una manera especial, se manifiesta el ministerio del profeta. Muchas veces, Dios usa a los profetas para transmitir orientaciones a una Iglesia, una región, o inclusive para todas las Iglesias. Esas orientaciones, cuando reconocidas como provenientes del Espíritu de Dios, son implementadas de forma disciplinada en todas las Iglesias; de esa manera, el Señor reina sobre Su pueblo. También es, en las frecuentes reuniones de pastores, que los asuntos como éstos son tratados, incluyendo el levantamiento de nuevos hermanos para el ministerio de la Palabra.

Todos los siervos y siervas pueden ser usados por Dios en dones espirituales, incluyendo el de profecía (I Corintios 14:1). Una de las orientaciones del Señor dada hace algunos años fue el llamado “culto profético”. Antiguamente, el pastor de la Iglesia, solo o auxiliado por unos pocos hermanos, tomaba todas las decisiones concernientes al culto: quien dirigiría la alabanza, quien traería, el mensaje a predicar, los himnos a cantar, etc. El Señor mostró que quería a toda la Iglesia involucrada en el culto y que daría señales que serían para edificación de los hermanos y para la salvación de vidas.

Hoy, cada Iglesia esta dividida en grupos, siendo que cada grupo es responsable por un culto en la semana. Antes de cada culto, ese grupo (que ya oró durante la madrugada y durante el día) se reúne para preparar la reunión de aquel día (nuestras Iglesias, por lo general, tienen cultos todos los días excepto los viernes, día dedicado al hogar). Hay varios dones espirituales que muestran la voluntad del Señor para aquella reunión. Inclusive, hay señales proféticas para las personas que estarán presentes, sean hermanos de la Iglesia, sean algunos que visitan la Iglesia por primera vez. Las experiencias son notables, y se cumple la palabra de Pablo (I Corintios 14:25): “lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros”.

No solamente en la Iglesia local, sino también en las grandes reuniones de evangelización, donde se reúnen 5, 20 o 30 mil personas (inclusive más), la utilización de los dones espirituales viene siendo una constante. Además del mensaje de salvación, es proclamada la venida en gloria del Señor Jesús, llamando la atención para las señales proféticas que hoy se están cumpliendo en todo el mundo. Una tasa de crecimiento extraordinaria de las Iglesias, sigue siendo el resultado de las grandes reuniones de Evangelización. En esas reuniones, por lo general hechas en grandes locales (inclusive en estadios de fútbol), hay hermanos que cantan, tocan instrumentos, dirigen la alabanza, predican la Palabra y oran por las personas. Sin embargo, en esas ocasiones nombre alguno es anunciado a no ser el de Jesucristo. Él es quien recibe toda la gloria.

Un apunte final sobre el trabajo con niños y adolescentes. Hace años el Señor despertó a la Iglesia para el hecho de que los niños, no son solamente la Iglesia de mañana, sino parte integrante de la Iglesia de hoy. Por eso, el Señor ha requerido una atención especial a los niños, no dándoles simplemente instrucción bíblica sino llevándoles a una experiencia de salvación y de bautismo con el Espíritu Santo. Hoy día, se reconoce que los niños son los mejores evangelistas en las Iglesias. Es impresionante como el Señor los utiliza, en la sencillez y autenticidad de su fe. Se han hecho con ellos grandes reuniones especiales, cuyo resultado ultrapasa incluso el de las reuniones de adultos. Al ver como Dios bendice a los niños, es como si el Señor nos recordara constantemente que es a través de la fe sencilla y humilde de sus siervos que Dios puede operar maravillas y exaltar Su glorioso Nombre.

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