El Poder de la Sangre de Jesús

La Iglesia tiene que aprender a usar el gran recurso que el Señor le concedió para disfrutar de plena protección, vida espiritual y Comunión con Dios: la sangre de Jesús. La sangre de Jesús no puede continuar siendo apenas una doctrina objeto de la fe. La Iglesia necesita aprender a vivir esa doctrina y a beneficiarse de todo el poder que hay en la sangre del Cordero, recibiendo, así, todas las bendiciones que el Señor concedió a su pueblo a través del poder de esa sangre.

Conviene recordar que la Biblia nos enseña que para recibir es necesario pedir: “pedid y se os dará” (Lucas 11:9,10). Las bendiciones que el Señor desea conceder a Su Iglesia deben ser pedidas en oración para que el Señor las conceda. Al pedir, ejercemos la fe por la cual nos apropiamos de las promesas del Señor contenidas en las Escrituras (Hebreos 11:1-6). De la misma forma que el Señor Jesús nos enseñó a pedir el Espíritu Santo (Lucas 11:13), también debemos pedir las bendiciones conquistadas para Su Iglesia por el Señor Jesús al morir por su redención, o sea, al derramar su preciosa sangre en el Calvario.

En general, la Iglesia sabe que el Señor Jesús derramó su sangre para su “salvación” o “redención”. Sin embargo, debemos señalar que la “salvación” no es apenas nacer de nuevo, sino una vida de santificación. Las Escrituras exhortan a los creyentes a ocuparse de su salvación “con temor y temblor” (Filipenses 2:12). La Palabra de Dios nos muestra también que la sangre de Jesús fue derramada para que la Iglesia disfrutase de las siguientes bendiciones, que están incluidas en la salvación:

1. Purificación de pecados (I Juan 1:7). Así como debemos confesar nuestros pecados para que seamos perdonados, debemos creer que la sangre de Jesús nos purifica de todo pecado. Así es como se quita lo que impide nuestra Comunión con el Señor.
2. Comunión con el Señor (Hebreos 10:19-22). La Palabra revela que los creyentes pueden entrar con osadía en el Lugar Santísimo. En otras palabras, es entrar a la presencia del Señor, a través de la sangre del Cordero. Por eso los siervos del Señor deben clamar para que Él remueva lo que impide la Comunión con Él, de manera que no apenas su espíritu, sino también su alma (mente, emociones) estén en plena Comunión con el Señor.
3. Victoria contra el Adversario (Apocalipsis 12:11). La Iglesia vencerá el Adversario hasta el fin “por la sangre del Cordero” y por la Palabra de su testimonio. La Iglesia debe ejercer la fe en esa promesa en los momentos de lucha y el Señor manifestará el poder de la sangre de Jesús en la vida de sus siervos, concediéndoles la victoria que necesitan.
4. Protección contra el enemigo (Éxodo 12:23). La victoria abarca esa protección, semejantemente a lo que el pueblo de Israel consiguió en Egipto. El destruidor no pudo penetrar en las casas de los israelitas y destruir los primogénitos, pues al ver la sangre fue obligado a “pasar por alto” esas casas. Por esa razón, cuando rogamos en oración para que el Señor nos cubra con la sangre de Jesús, somos protegidos contra ataques del adversario en cualquier situación, inclusivo al inicio de cada culto o reunión. De esa forma, no hay manifestación de dones falsos en nuestro medio.
5. Liberación de costumbres, vicios y comportamientos indebidos (I Pedro 1:18-19). La Palabra nos afirma que somos liberados de la vana manera de vivir que heredamos de nuestros padres por la sangre del Señor Jesús. Así, cuando un creyente revela que aún está preso a algún tipo de comportamiento que no glorifica al Señor, podemos orar firmando nuestra fe en esa Escritura que nos garantiza la victoria en esa lucha por medio de la sangre de Jesús.

La sangre de Jesús está estrictamente unida a la operación del Espíritu Santo. El motivo es sencillo: el Espíritu Santo sólo puede operar firmado en la Obra consumada por el Señor Jesús en la cruz del Calvario al derramar su preciosa sangre, esto es, al dar su vida por nuestros pecados. En Levítico leemos que la vida está en la sangre (Levítico 17:11). De la misma manera, la vida eterna está en la sangre de Jesús. El Señor nos dice que, si no bebiéremos de su sangre no tendríamos vida espiritual (Juan 6:54). Y más adelante explicó que las palabras que habia dicho eran espíritu y vida. Entendemos la enseñanza: cuando el Espíritu Santo opera en nuestras vidas Él transmite la vida que hay en la sangre de Jesús, la vida eterna que el Señor Jesús conquistó para nosotros al derramar su sangre para nuestra salvación.

Así como la sangre de Jesús circulaba en el cuerpo físico del Señor Jesús dando vida a cada célula, el Espíritu Santo hoy opera en la Iglesia, visitando a cada miembro del Cuerpo, transmitiendo la vida eterna a cada uno de nosotros, aplicando la Palabra de Dios a nuestros corazones. Cuando nosotros oramos al Señor para que nos conceda una determinada bendición (de entre las mencionadas anteriorment) firmados en el poder que hay en la sangre de Jesús, el Señor envía al Espíritu Santo, quien opera la bendición que necesitamos a través de la sangre derramada, basado en la Obra consumada por el Señor Jesús en la cruz del Calvario.

La sangre de Jesús fue derramada una única vez en la cruz del Calvario, pero es rociada continuamente sobre los siervos de Dios, que son “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (I Pedro 1:2). ¡Aleluya!

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